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LA MADRE SUPERIORA DE LA CONGREGACIÓN

Nota del editor

Tiempo ha los Sres. jueces que andan nadando entre las turbias aguas de la corrupción pidieron a los peritos filólogos de “Escribe y Tacha” un informe sobre diversos textos del sumario del caso “Pujol” que presuntamente se habían escrito en clave y cuya interpretación les dejaba anonadados. Los críticos de “Escribe y Tacha”, con su habitual pericia filológica, estaban ya completando sus informes forenses, cuando se difundió en la prensa uno de esos textos “cifrados” interpretado de forma muy incompetente (como diría Don Donaldo, eran “noticias falsas”). Para ilustración de los lectores, la Dirección de “Escribe y Tacha” ha decidido publicar el análisis de dicho texto aprontado por la Dra. Angelines Vilaxica, Profesora Catedrática de la Pontificia de Andorra la Vella y Presidenta Prospectiva del Institut d’Estudis Catalans.

 

LA MADRE SUPERIORA DE LA CONGREGACIÓN

A cargo de la Dra. Angelines Vilaxica

Reverend Mosen, soc la mare superiora de la Congregació, desitjaria que traspases dos misals de la meva biblioteca a la biblioteca del capella de la parroquia, ell ja li dirà a on s’han de colocar.

Molt agraida.

Marta

14-XII-95

Al leer estas líneas del puño y letra de Doña Marta Ferrusola, el primer dato que salta a la vista es que pocas personas han hecho tanto por Cataluña como ella en lo que a la ortografía catalana se refiere. Algunos afirman que ha hecho diez faltas de ortografía en siete líneas. ¡Nada más falso! Doña Marta anticipó soluciones que la Sección Femenina del Instituto de Estudios Catalanes ya ha adoptado (o adoptará). Doña Marta ha sido partidaria de simplificar la ortografía desde los años en que se dio cuenta de que sus hijos no se la podían aprender, criterio que va siguiendo la Sección Femenina del mencionado Instituto. La conclusión es clara: Marta Ferrusola ha sido siempre una progre profética en lo ortográfico e inclusive en lo morfosintáctico. Podría ser que incluso fuese algo que le venga de los genes: no por casualidad el apellido de la interesada se escribe Ferrusola, pero se pronuncia Ferrussola, y debería escribirse Ferrosola, ya que la susodicha es una “dama de hierro”. Esto ya era un indicio que todos los catalanes, filólogos y no filólogos, deberían haber advertido, cosa que no habla nada bien de ellos. Continua llegint

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El lector escribe (y tacha) (2): más sobre “Pasiones Romanas”

Después de leer la crítica excelente del Doctor Punzón, con la cual estoy totalmente de acuerdo, he releído la novela de Na Pa(sión)cita Pasiones Romanas y he encontrado un fragmento quizás más sublime de todos los que cita el mencionado crítico. Es este:

Entonces, el recuerdo nos abrasa, pero no nos mata, porque no podemos hacer nada. Tierras y mares entre dos seres que se aman no se pueden combatir. Lo peor es la añoranza desde la proximidad. (p. 98)

La gracia sublime de este increíble fragmento es que el recuerdo abrase sin matar. Para entenderlo bien, tenemos que imaginarnos un fuego que queme y no nos reduzca a cenizas, como el del Infierno, que es una abrasión eterna. Pero la explicación es más sublime todavía: la explicación dice que el recuerdo abrasa, pero no mata (atención!) porque no podemos hacer nada. Si pudiéramos hacer algo, entonces seguramente nos mataría.  El gran descubrimiento es que no se pueden combatir las tierras y los mares que hay entre dos personas que se aman. Por ejemplo: él está en Extremadura y ella en Palma. Pues nada, no podemos combatir ni el mar mediterráneo ni la sierra madrileña, aunque tomemos un avión, o un barco más el AVE. No, no podemos. Pero esto no es lo peor. Lo peor es cuando no hay mares ni tierras, pero hay añoranza. ¿Añoranza de qué?, se preguntará el lector. Ahí está la genialidad de Na Pa(sión)cita: añoranza él de ella y ella de él estando en la misma cama sin mares ni montañas.

Yo, es que a esta muchacha, la daría el Nóbel de “literadura” y, si me apuran, también de la “blanda”. Yo por lo menos no he visto jamás tanta perspectiva psicológica. Creo que no es ajeno a ello, la influencia del eminente Doctor Corbella.

Jaime Matas

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“Pasiones Romanas” de Na Pa(sion)cita Janer

NOTA DEL EDITOR
Durante el transcurso de los actuales cursos de Escribe y Tacha, ha habido una seria discusión sobre la naturaleza de la poesía. Algunos de nuestros monaguillos eran reticentes a admitir que la poesía puede manifestarse indistintamente en verso, en prosa y en la llamada prosa poética; para demostrarlo hemos encargado al Dr. Abedardo Punzón un estudio de una obra en prosa que presente ingentes virtudes narrativas y que sea, en el fondo, pura y sublime poesía. La obra seleccionada que, a juicio nuestro y de Don Punzón, reúne dichas cualidades fue la novela Pasiones Romanas de Maria de la Pau Janer. La obra fue justamente galardonada con Premio Planeta 2005 dotado con 601.000 euros, que es una cantidad un poco escueta en comparación con la calidad del texto. El Dr. Punzón ha elaborado un estudio de una selección de frases célebres extraídas de la novela. Con ello va a quedar demostrado que la obra era merecedora de más dinero y que prosa y poesía son dos conceptos que, Maria de la Pau mediante, andan juntos y son uno. Queda, pues, inaugurada la sección de prosa de nuestro boletín literario.

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Una traducción de “Acte” de Gimferrer

PEDRO GIMFERRER

ACTO

Monstruo de oro, trazo oscuro
sobre laca de luz nocturna:
dragón de azufre que embadurna
sábanas blancas en un puro
fulgor secreto de bengalas.
Ahora, violentamente, el grito
de dos cuerpos en cruz: el rito
del goce quemará las salas
del sentido. Torpor de brillos:
la piel – hangares encendidos-,
por la delicia devastada.
Fuego en los campos amarillos:
en cuerpos mucho tiempo unidos
la claridad grabó una espada.

[Trad. Justo Navarro. Original comentado aquí]

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Un poema de Joaquim Ruyra

A cargo del Dr. Abedardo Punzón

Un servidor de ustedes quisiera explicar mejor lo que ha causado tanto revuelo entre nuestros queridos lectores. Nosotros no dijimos que los poetas catalanes sean más flojos que los castellanos. Dios me libre de tamaña impostura. Lo único que dije fue que Gimferrer es mejor que sus coetáneos catalanes, los cuales no es que tiren a flojos (algunos de ellos son excelentes), pero hay que reconocer que quedan un poco menos buenos que Gimferrer, el cual brilla por encima de todos, sean ellos catalanes, valencianos, gallegos o castellanos. Brilla, que quede claro, únicamente por su facilidad de palabra, sus manojos de metáforas y su atormentada sintaxis. No brilla más en cuestiones morales. Y para demostrarlo, hoy dedicaré mi comentario a un poeta catalán. Conozco la tradición catalana y la he leído, y el poema que hoy voy a comentar es de Joaquim Ruyra (noten por favor que no escribo “Joaquín”). Pero antes necesito hacer una declaración de principios.

En primer lugar, tengo que decir que entiendo perfectamente el catalán, pero que no me atrevo a escribirlo por temor a no hacerlo como esta lengua se merece. De manera que escribiré mi comentario en castellano.

En segundo lugar, debo dejar bien claro que yo creo más en el fondo que en la forma. Es decir: si un poema me habla por ejemplo de Jesucristo, de la Virgen María o de los Reyes Magos (me acuerdo de ellos porque se acercan las Navidades), yo en principio tengo que admitir que el poema es bueno. ¿Cómo no podría ser bueno un poema sobre el niño Jesús, pongamos por caso? Y que no venga nadie diciéndome que si la forma eso o aquello. La forma es la excusa para las mentes de segunda o tercera fila, en el mejor de los casos. Admito que soy cristiano, pero soy un cristiano abierto y progresista, que acepta y respeta todas las creencias. Un servidor respeta a los agnósticos e incluso, ¡fíjense bien!, a los ateos. Ahora bien, un cristiano, ante un poema sobre el niño Dios, tiene que doblar la rodilla y admitir su calidad, admitir que es más bueno que “Cunnus” y “Mentula”, con sus brutales connotaciones sexuales (¡por no hablar de la denotaciones!). Y es más bueno porque es moralmente mejor.

Dicho esto, tengo que advertir a mis queridos lectores que el poema de Joaquim Ruyra que voy a comentar no habla de Dios, pero es como si lo hiciera. Es un poema sobre el valor innegable de la pureza. O mejor dicho: de la pureza como contención a la lujuria. Y la pureza, ni que fuera porque está tan asociada a la Virgen María, no sólo debemos respetarla, sino amarla y ensalzarla. El poema es el siguiente:

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Cunnus/Mentula

PEDRO GIMFERRER
A cargo de Abedardo Punzón
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CUNNUS

¿Si una flor sola, sólo un ramillete,
un susurrar de rubio se desliza,
si sólo en este pliegue un oro iza
el vértice de luz de tu florete?
*
¡Si no puedo decirte “Ven” o “Vete”,
si con mirarte mi ojo ya agoniza,
si tu pubis me borra como tiza,
si mi mástil navega ya sin flete!
*
¡Si sé decir que quiero que me digas
qué inflamarán en mí tus chimborazos,
de qué debo morir entre tus brazos
por la luz de los nardos y las higas,
*
de qué debo morir si en mí perdonas
la cortesía al aire que coronas
con la fulguración de tus espigas!
*
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COMENTARIO CRÍTICO

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Poema inscrito en la estética situada más allá del ultra-vanguardismo, movimiento que se caracteriza por su pugna contra la sintaxis y más concretamente contra la oración principal, a la que los gramáticos modernos se refieren con el nombre de frase matriz. En este caso, sin embargo, el poeta prescindió de toda frase matriz, porque ya hay suficiente matriz en el título, “Cunnus”.

Es un poema de los llamados “exhibicionistas”. La primera exhibición está ya en el título. El autor exhibe su lato conocimiento del latín. De esta forma sólo los lectores suficientemente latinizados saben que “cunnus” es “coño”. Es posible que el poeta creyera que “cunnus” era menos obvio, menos obsceno y menos obstétrico que un coño en castellano, lo cual es absurdo porque un coño es un coño en cualquier lengua. Más adelante inicia otro exhibicionismo: la de las partes bajas, que, valga la redundancia, estudiaremos más abajo.

En cuanto a la forma, tiene tres cuartetos y un terceto; quince versos en total, una especie de soneto-plus, interesantísimo. La rima es la siguiente: ABBA – ABBA – CDDC –  y finalmente EEC. Los versos son endecasílabos, del primero al último. Para contrastar con la estética ultra-vanguardista, el poeta se ciñe al metro más prestigioso de la tradición española. Se trata de un poema interrogativo exclamativo-admirativo. La primera estrofa es interrogativa y todas las demás admirativo-exclamativas.

En cuanto al contenido, en el primer verso de la primera estrofa, vemos que el poeta adopta una actitud dubitativa: ¿se trata de una flor sola o de sólo un ramillete? No hay respuesta. También hubiera podido decir “Si un ramillete solo, si sólo una flor” puesto que, en este tipo de poesía, el orden de los factores no altera el producto. En todo caso, nótese la aliteración “sola /sólo”, destinada a enfatizar la soledad del poeta antes de ver el “cunnus”. Ahora bien: si es sólo un ramillete, tiene que haber más de una flor sola. Es una pena que el poeta no se pronuncie al respecto, porque a todos los críticos lectores nos interesa una barbaridad saber si eran una o varias flores, ya que, por más que “flor” y “ramillete” estén en singular, no es lo mismo, sino todo lo contrario. Se dice que varios lectores no pudieron conciliar el sueño a causa de no poder resolver la contradicción entre “una flor sola” y “sólo un ramillete”.

La oscuridad de la estrofa se va iluminando poco a poco si consideramos que, al comienzo del verso segundo, podemos ponerle otro “si” condicional elíptico, que nos daría “si un susurrar de rubio se desliza”. En esta segunda condicional implícita, se desliza un susurrar de rubio… Se supone que el sustantivo implícito es “pelo púbico teñido de rubio”, que nos daría: “si un susurrar de pelo púbico teñido de rubio se desliza”… No es lo mismo un susurrar de pelo rubio que de pelo moreno, de ahí que el poeta (cuya máxima intención es que el poema, aunque oscuro, se entienda bien) especifique qué tipo de pelo se desliza. No nos dice a ciencia cierta hacia dónde se desliza el susurro del rubio, pero hay que sobreentender por la ley gravitatoria que se desliza hacia abajo, con una clara referencia al dicho catalán, de todos conocido: “Abajo, abajo que hace bajada”.

Sigue la tercera condicional: la palabra clave que más ha desorientado a los críticos es “florete”. La inmensa mayoría de ellos interpreta que “florete” es el pene del poeta, que, al tener un vértice, permitía interpretar que se trata de un pene isósceles alargadito, izado (ver el tercer verso) por el oro, es decir el pelo púbico teñido de rubio. A nuestro parecer, a pesar del poema “Mentula”, comentado más abajo, se trata de una interpretación errónea, porque el poema dice “tu florete” y esta segunda persona del singular no puede ser un macho porque tiene cunnus. Nuestra interpretación parte de entender “florete” como un paño transparente que se ha puesto ella, como si de un pareo se tratara, sin nada debajo, y que, en uno de sus pliegues, deja ver el cunnus con el pelo púbico teñido. Y ahora viene lo mejor de la estrofa, que es el vértice de luz del florete que le tapa el coño. Lástima que no sepamos muy bien si la luz del florete viene de una linterna que ella se haya puesto en la entrepierna o bien de la fuerza del deseo de él que, por sí misma, ilumina el florete. Ambas cosas son plausibles. La muchacha puede haberse puesto una linterna encendida para realzar el “oro” del verso 3. Pero el deseo del muchacho, que, si es el poeta, ya dejó de serlo hace mucho tiempo, también puede iluminar metafóricamente el cunnus de ella. Quédese el lector con la interpretación que quiera, porque da igual.

Ahí acaba el segmento condicional con un interrogante, pero sin frase principal, lo cual no ha dejado de dejar totalmente perplejos a tantos lectores, porque, claro, es como si yo le dijera a alguien esta frase: “¿Si me das cien euros?”, seguro que se me respondería que acabara la frase, y luego yo dijera, por ejemplo: “¿Si me das cien euros, te rasgo el florete?” A esta interrogación condicional se podría responder: “¿Me lo preguntas o me lo propones?” Por lo tanto, aunque no quede claro, está clarísimo que el poeta lo prefiere oscuro, ya que a oscuras se pueden entender muchas cosas que a las claras del día no se entienden.

En la segunda estrofa, el “tú” va dirigido a la muchacha a la cual el poeta no puede decirle “ven” ni “vete”, más bien le dice elípticamente, “¡Quieta ahí, muchacha, que voy yo!” Mirarla a ella causa que su ojo (no sabemos si el derecho o el izquierdo) agonice, seguramente por culpa de tanta luz. Se trata, pues, de una mujer peligrosa, porque además de causarle a él la agonía de un ojo, su pubis ejerce de borrador: lo borra a él, como si él no fuera más que un nombre escrito en una vulgar pizarra, con tiza, como deja muy claro el verso séptimo. Lo que se borra deja de existir, pero afortunadamente para nosotros, lectores, el poeta sigue existiendo hasta el último.

Lo más dramático del poema se concentra en el verso octavo. Ahí, la palabra clave es “flete” que significa la carga de un barco con mástil. Desgraciadamente, en este verso, se nos dice que el mástil ya ha descargado su flete, lo cual significa que ya ha eyaculado y que lo ha hecho precozmente. No porque el muchacho sea precoz (en realidad ya es bastante mayor). Lo que es precoz es la eyaculación, porque esta tiene lugar antes de cualquier manoseo. Tan pronto como el mástil se queda sin flete, aparece el signo admirativo-exclamativo, que sería algo así como si yo le dijera a alguien: “!Si me das cien euros!”, a lo cual se me podría espetar: “Si te doy cien euros, ¿qué?” Y yo podría responder: “¡Si me das cien euros te chupo el mástil!” El signo exclamativo significaría que, como el pene baja después de la eyaculación, para compensarlo lo que se alza es la voz. Algunos críticos interpretan los signos admirativo-exclamativos como la brusquedad de la expulsión del flete por parte del mástil, aunque no es muy plausible, dada la edad del poeta.

A partir de este signo, siguen once versos más, que sólo contienen subordinadas. Ahora bien, lo importante de verdad viene ahora, en la tercera estrofa, otra condicional: el poeta nos dice que si sabe que quiere que (ella) le diga dos cosas: la primera (verso décimo) es qué cosa de él los chimborazos de ella le chamuscarán. Y la segunda de qué (enfermedad) debe morir (él) en los brazos de ella a causa de la luz (recordemos que es metáfora de deseo) de los nardos y las higas. La palabra clave es “chimborazos”. Hay comentaristas que creen que se trata de una metonimia de ovarios. Pero nosotros sabemos que “Chimborazo” es un volcán del Ecuador, cuya última erupción tuvo lugar en el primer milenio después de Cristo. Si el poeta lo pone en plural es que hay más de uno. Supongamos que son dos. Pues ya tenemos la interpretación: las tetas de ella, que son dos volcanes extinguidos. Pero ¿qué pueden inflamar si se trata de dos volcanes inactivos y además ya ha habido la eyaculación? Aun así, hay críticos que proponen interpretar “chimborazos” como “cojones de ella”, en el sentido de “valor”. No es fácil demostrarlo, pero tenemos que reconocer que una muchacha con unos buenos chimborazos es capaz de chamuscar al poeta más pintado.

Con todo, todavía no hemos llegado a la frase principal. Lo que sigue depende de “digas”. Es decir (repitámoslo): él ya sabe qué quiere decir que ella le diga de qué enfermedad debe morir él en los brazos de ella a causa de la luz de los nardos y las higas. Ahí está la asesina de verdad: la luz de los nardos y las higas. La vulgaridad del contenido expresivo (pollas y chochos) no quita la sublimidad de la metáfora. No es que se trate de una orgía con muchos nardos e higas participando en ella, ni que el poeta, obnubilado, vea más de un nardo y más de una higa, cuando sólo hay uno de cada. No. Simplemente el poeta tenía que rimar con “digas” y ha pluralizado el nardo y la higa. No nos distraiga esto del hecho de que, en caso de asesinato, el poema ya nos da la pista: tanto nosotros como la policía sabemos perfectamente que el asesino es la luz del nardo y la higa en plural (verso duodécimo).

Dependiendo también de “digas”, viene la cuarta estrofa, en la cual el galimatías no hace sino aumentar, porque no se sabe qué es lo que ella tiene que perdonar, en él, al aire que ella corona con la fulguración de las espigas de ella. (Véase versos 9-15). ¿Qué quiere decir el poeta con ello? Vamos a descifrárnoslo: “la fulguración de tus espigas” significa que las espigas de ella fulguran (otra vez la dichosa luz); pero ¿qué son las “espigas”? Evidentemente no pueden ser ni los pies, ni las manos, ni las piernas, ni los brazos, ni los muslos, etc. Por descarte, no hay más remedio que interpretar que son las tetas. ¿Otra vez las tetas, se preguntará el lector? Pues sí: no olvidemos que Gimferrer tiene un vocabulario riquísimo y quiere demostrarlo refiriéndose a la misma cosa con palabras distintas. Ahora bien: si una teta fulgura, como tampoco tiene luz propia porque los chimborazos ya están extinguidos, se trata de la luz que el deseo de él proyecta sobre las tetas de ella, las cuales que lo “deslumbran” no sé sabe si por la forma o por el tamaño. Todo ello (¡atención!) significa que con el deslumbramiento (de él), causado por las tetas (de ella), corona (ella, en él, es decir: dentro de él) “la cortesía al aire”; pero, cuidado!, porque hay la repetición de “de qué debo morir” (versos noveno y duodécimo). Si antes el asesino era la luz del nardo y la espiga en plural, ahora el asesino es clarísimamente ella, bajo una condición: en el caso de que con el deslumbramiento (de él) sea el instrumento con el cual ella corona la cortesía al aire que tiene que serle perdonado en él.

Resumiéndolo todo con otras palabras más clarividentes, que expliciten mejor los pronombres implícitos: todo empieza en la condicional del verso noveno: “Si (yo) sé decir (a ti) que (yo) quiero que (tú) digas (a mí) de qué debo morir (yo)…  Si (tú) perdonas (en mí) la cortesía al aire coronado “con” el deslumbramiento originado en las fulgurantes espigas (de ti)…” Ninguna de las dos oraciones termina, y todo queda en el maravilloso suspenso que confiere tanta sublimidad al poema; pero es que hay un misterio adicional en el penúltimo verso: ¿de quién es la cortesía? ¿Del aire o de él? Si es del aire, ¿por qué ella tiene que perdonarle la cortesía dentro del poeta, cuando sabemos perfectamente que son las espigas de ella las responsables de coronar el aire? En todo caso, si el galimatías tiene connotaciones erráticas, también las tiene eróticas, lo cual demuestra que lo oscuro o irregular no viene de la incapacidad expresiva del poeta, sino de su obsesión por el sexo. Un crítico lo explicó muy bien diciendo: “el poema demuestra hasta qué punto la razón se nubla cuando uno va caliente”. Algunos lectores pueden preguntarse qué importa ya todo eso si en el verso octavo ya ha habido la eyaculación precoz. ¿Es acaso la expresión del juego post-coital? Dejemos la pregunta al aire coronado.

Desde el punto de vista ético, se ve claro que el poeta es un poeta de mente… De mente liberal, queremos decir, lo cual se refleja en las obscenas figuras de la composición (polla, chocho, tetas, chimborazos, mástil, flete, etc.). Gimferrer, además de sus ya mencionados latos conocimientos del latín, exhibe su sexualidad al desnudo. Ella, en cambio lleva un florete-pareo para excitarle hasta el punto de la eyaculación precoz.

El tema del sexo, sin embargo, no tendría que ser tan explícito cuando la edad de los follantes pasa de los treinta años, a no ser que pasados los cuarenta aún sean los dos muy guapos, que no es este el caso. El sexo de un par de personas mayores tiene que mantenerse en la intimidad. Mostrarlo tan abiertamente, a tal edad, puede ser para muchos lectores de una obscenidad fea de ver y de imaginar. De ahí que muchos críticos se lo hayan echado en cara y consideren este poema como el más prescindible de los que el poeta haya escrito. Nosotros, sin embargo, no compartimos esta opinión. Es desagradable imaginar dos follantes que rozan la tercera edad, de acuerdo; pero, en todo caso, el poema es sublime.

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NOTA DEL EDITOR*

Estábamos terminando el comentario crítico de “Cunnus”, cuando la mujer de la limpieza de nuestro taller literario nos entregó un papel que recogió del suelo del retrete de la Editorial donde trabajan ella y el poeta. Resultó ser, por sorpresa nuestra, un poema con otro título latino del mismo autor: “Mentula”, que significa “polla”. Después de leerlo, nos dimos cuenta de que se trataba de otro soneto-plus, mellizo de “Cunnus”. Después de analizarlo y estudiarlo con detalle, nos percatamos de que tenía que ser posterior, puesto que tiene más calidad que el primero. Lo entregamos al Doctor Sinosforo Encendido, otro especialista en la obra castellana de Gimferrer, que redactó el estudio que aparece a continuación.

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22 Octubre 2011 · 14:41